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Características gramaticales de los nombres propios

El nombre propio carece de significado, pero posee, en cambio, valor denominativo: nombra a los individuos particulares y los diferencia de otros de su misma especie. Esta caracterización semántica se corresponde con una serie de propiedades sintácticas, aunque no todas se manifiestan con igual claridad en todos los nombres asimilables a los propios. 

Dado que los nombres propios incorporan la noción de ‘unicidad’, se construyen prototípicamente sin artículo. Coinciden en ello con los pronombres personales, que también la incorporan: No me gusta {Antonia ~ usted ~ *jefe}. Este criterio no permite discriminar nítidamente los nombres propios de los comunes, pero constituye un instrumento útil. De acuerdo con él, los nombres de los meses se comportan como propios, aunque no se escriban con mayúscula: No me gusta febrero; Ya llegó agosto. Lo contrario sucede con los nombres que designan disciplinas: Me gusta la Astronomía. Los de las estaciones y los días de la semana se parecen más a estos últimos que a los de los meses: No me gustan los lunes; Ya llegó el verano. Los nombres de pila no suelen llevar artículo, si bien este aparece en la lengua popular de muchos países: la Juana, el Ramón. Tampoco aparecen precedidos de otros determinantes, a menos que tengan valor afectivo y no discriminativo, como en —¡Cobarde será tu Inés! —saltó Nadine, dejándome turulato— (Bryce Echenique, Martín Romaña); ¡Qué tipo, Dios mío, este Ezequiel Mosácula! (Aparicio, Retratos). 

Algunos topónimos se usan siempre con artículo determinado porque está incorporado a ellos: El Cairo, La Habana, La Haya, La Mancha, El Paso, El Salvador. Se dice, por tanto, Viajaré a El Salvador (no *a Salvador). En todos estos casos el artículo ha de escribirse en mayúscula. En cambio, con otros topónimos el artículo es potestativo: no se suprime cuando se usa en nombres oficiales, como República del Perú o República Oriental del Uruguay, pero puede omitirse en otros muchos contextos: (el) Perú, (el) Paraguay, (el) Uruguay, (la) Argentina, (la) China, (la) India. Se registran, pues, alternancias como viajar al Perú ~ viajar a Perú. En estos casos el artículo se escribe con minúscula y permite intercalar adjetivos entre él y el nombre, lo que revela que no está sintácticamente integrado. Puede compararse, por ejemplo, el actual Uruguay con *la populosa Haya. Los nombres de los montes y de los ríos se comportan como el Uruguay, en lugar de como La Haya: Gracias a su privilegiada situación, en medio de los imponentes Alpes, Liechtenstein cuenta con numerosas estampas bucólicas (Vanguardia [Méx.] 28/11/2007). 

Es también característico de los nombres propios el no admitir complementos restrictivos: *Ana inteligente, *Oslo frío, *París de hoy. Sí pueden llevar, en cambio, epítetos: la astuta Sofía, el casto Manuel. Repárese en que aparecen complementos restrictivos en los textos siguientes: 

[...] un abogado que no se conforma con el Buenos Aires forense o musical o hípico, y avanza todo lo que puede por otros zaguanes (Cortázar, Reunión); Y no solo es llamativo el caso de Pessoa, sino, además, que hablemos de un Picasso azul, un Picasso rosa, un Picasso cubista, un Picasso clásico (ABC Cultural 30/12/2002); De la correspondencia con este último, sale un Borges distinto a la imagen que se tiene de él (Mundo [Esp.] 3/3/1996). 

En estos textos no se hace referencia a la existencia de varios Buenos Aires, varios Picassos y varios Borges, sino más bien de varias facetas suyas. Se trata, en efecto, de nombres propios que pasan a usarse como comunes, lo cual induce la presencia del artículo. El uso en plural de nombres propios de persona los asimila igualmente a los nombres comunes, como en los Alfonsos de su extensa familia. 

Constituyen también nombres propios que pasan a usarse como comunes los que designan marcas (una Ducatti, un Rólex, una coca-cola), premios (Recibió un óscar, un césar, dos goyas) u obras de arte, sobre todo pictóricas, identificadas por el nombre de su autor: Recuerdo que en esa casa había un Picasso de los más hermosos que he visto (Neruda, on eso). Otros nombres comunes creados a partir de primitivos nombres propios se refieren a arquetipos humanos: una celestina (‘alcahueta’); un donjuán (‘seductor’); una magdalena (‘mujer penitente o visiblemente arrepentida’); un nerón (‘hombre muy cruel’). Sí suelen, en cambio, asimilarse a los nombres propios los que resultan de procesos de antonomasia consistentes en usar un nombre común que, en un determinado entorno cultural, se entiende aplicado a un solo individuo: el Filósofo por Aristóteles, el Profeta por Mahoma, la Virgen por María, la Voz por Frank Sinatra, etc. También se comportan como propios los nombres comunes usados metalingüísticamente. Puede compararse, por ejemplo, *Rosa tiene espinas con «Rosa» tiene cuatro letras. 

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